Por Alfredo Oropeza

Desde la llegada del gobierno de 4Ta., cada que sucede un desastre natural en cualquier lugar del país (ya sea huracanes, deslaves, inundaciones o terremotos), el comportamiento constante de López Obrador es marcar distancia con los damnificados y, prácticamente, dejar a los afectados a su suerte.

Muchas son los ejemplos donde vemos a un López a la distancia, sólo ofreciendo condolencias y asegurando que brindará apoyo, desde la comodidad del Palacio Nacional. Y si el acontecimiento lo amerita o hace ineludible su presencia, sólo sobrevuela con morbo las zonas afectadas o se trepa a un vehículo militar todo terreno, para echar un vistazo y saludar a la distancia a las familias afectadas.

Tal parece que el presidente le rehúye a reclamo popular, ante la falta de respuesta inmediata de su gobierno, cuando sucede un desastre natural o, en su defecto, busca esquivar todo compromiso o promesa de ayuda, pues tras desaparecer el Fideicomiso del Fondo de Desastres Naturales (Fonden), prácticamente la papa caliente de ofrecer ayuda económica o en especie, queda en las manos débiles de las autoridades locales.

A casi tres años de que el presidente López decidió desaparecer el Fonden, que implicó cambios en la forma de activar el Sistema Nacional de Protección Civil (SNPC), todavía no se ha completado un nuevo marco legal, mediante el cual el gobierno federal pueda atender a la población damnificada por ese tipo de contingencias.

La desaparición del Fonden fue un grave error que generó más problemas y que agrava el sentimiento de pérdida y desamparo, entre las familias afectadas por algún desastre natural.  Este instrumento permitía reunir recursos presupuestales año con año, sin tener que regresarlos a la federación si no se ejercían cada ejercicio fiscal.

Bajo el ya muy choteado discurso de López, de que era un fondo lleno de corrupción, pero sin aportar pruebas y sin que haya un sólo implicado o detenido por tal supuesto, lo que generó el gobierno de 4Ta. fue un desorden y una situación en el manejo de los recursos y los apoyos que se logran encausar, quedando a discreción de los operadores de la ayuda.

Esa ayuda que el gobierno federal debe brindar no ha llegado ni a Tula, ni a Ecatepec, ni a Acapulco, ni al Cerro del Chiquihuite, ni a Veracruz; así como no llegó con anterioridad a aquellas poblaciones donde existieron inundaciones, derrumbes o temblores, en los meses anteriores.

Sin embargo, como todo lo que emprende López termina en el imaginario de que se hace mejor que antes, que vamos bien y que se acabó la corrupción, el presidente se niega a corregir o enmendar el camino, aferrándose a sostener que tal como se está haciendo está bien.

«El Fonden era un barril sin fondo, era de esas partidas que se manejaban de manera discrecional que servía para que se robaran el dinero los funcionarios, cada vez que había una situación de emergencia… Ahora ya no existe eso y no hay límite, no hay un presupuesto, no hay un techo, es lo que se requiera porque como ya no hay corrupción en el gobierno, no es para presumir, pero tenemos presupuesto para cuando se necesite» -López Obrador.

Pero, la realidad rebaza nuevamente a López y devela una vez más que sus ocurrencias tienen altos costos. Tras los daños causados por el embate del huracán Grace y las inundaciones en Veracruz, Tabasco, Chiapas, Hidalgo, Puebla y el Estado de México, se pone en evidencia, una vez más, que el gobierno federal ha dejado a la deriva a todas las familias que son castigadas por un desastre natural, sin recursos presupuestales, ni fondos reservados.

A mitad de su sexenio, el presidente se ha quedado sin recursos para ayudar a la gente en ocasiones de desastres, además de develar una severa falta de empatía y solidaridad con la población afectada. Eso sí, no deja de acusar que el tema de la desaparición del Fonden sigue siendo usado por sus adversarios para estar «friegue y friege».

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